¿Los árboles pueden anticipar los eclipses solares? Científicos vuelven a analizar el fenómeno
Un intenso debate científico enfrenta dos investigaciones sobre el comportamiento eléctrico de los abetos durante un eclipse y plantea una pregunta fascinante: ¿los árboles pueden prever un fenómeno astronómico o simplemente reaccionan al entorno?
Durante meses, la idea dio la vuelta al mundo. Un grupo de investigadores aseguró haber observado que varios abetos europeos comenzaban a modificar su actividad bioeléctrica hasta 14 horas antes de un eclipse parcial de Sol, sincronizando además su respuesta entre individuos de distinta edad. La conclusión era tan sorprendente como ambiciosa: los árboles no solo reaccionaban al eclipse, sino que parecían anticiparlo.
La hipótesis llamó inmediatamente la atención de medios de comunicación y despertó un enorme interés entre quienes estudian la inteligencia vegetal. Sin embargo, la historia ha dado un giro inesperado. Un nuevo artículo publicado en Trends in Plant Science revisa punto por punto aquella investigación y sostiene que las pruebas disponibles no respaldan semejante afirmación. Lejos de confirmar que los árboles predicen los eclipses, los autores defienden que existen explicaciones mucho más sencillas y compatibles con lo que hoy conoce la biología vegetal.
Lo interesante es que ninguno de los dos trabajos cuestiona que las plantas produzcan señales eléctricas complejas. De hecho, ese fenómeno está ampliamente documentado. Lo que está en discusión es qué significan exactamente esas señales y hasta dónde pueden llegar las conclusiones extraídas a partir de ellas.
El debate se ha convertido en uno de los ejemplos más recientes de cómo la ciencia avanza: una investigación propone una idea novedosa, otra intenta ponerla a prueba y ambas obligan a revisar cuidadosamente los datos antes de aceptar afirmaciones extraordinarias.
El experimento que hizo pensar que los árboles "sabían" que llegaba un eclipse
La investigación original, publicada en 2025 en Royal Society Open Science, monitorizó la actividad bioeléctrica de varios ejemplares de Picea abies, el abeto rojo europeo, durante el eclipse parcial de Sol del 25 de octubre de 2022 en un bosque de los Dolomitas italianos. Para ello, los investigadores instalaron una red de electrodos tanto en árboles vivos como en tocones y registraron continuamente las variaciones eléctricas de los tejidos vegetales.
Los autores observaron que durante el eclipse disminuía la actividad eléctrica de los árboles, algo que consideraron coherente con la reducción temporal de la luz solar. Sin embargo, el aspecto más llamativo apareció mucho antes del fenómeno astronómico.
Según su análisis, los árboles más antiguos comenzaron a mostrar cambios eléctricos aproximadamente 14 horas antes del eclipse. Además, detectaron patrones sincronizados entre distintos ejemplares, interpretados como una posible respuesta colectiva del bosque. Los investigadores incluso propusieron que los árboles veteranos desempeñaban un papel protagonista en esa coordinación al presentar señales más intensas que los individuos jóvenes.
Para interpretar esos resultados recurrieron a herramientas matemáticas avanzadas, análisis de complejidad, correlaciones temporales e incluso a un marco teórico basado en la teoría cuántica de campos para explicar la sincronización observada entre los árboles. A partir de todo ello plantearon que el bosque podía comportarse como un sistema altamente correlacionado, donde la actividad eléctrica reflejaba respuestas colectivas frente a cambios ambientales.
Las conclusiones despertaron una enorme expectación porque parecían ampliar de forma radical nuestra comprensión del comportamiento vegetal. Pero precisamente por su alcance también provocaron un intenso escrutinio por parte de otros especialistas.
Los ciclos regulares de luz y oscuridad influyen profundamente en los organismos, y acontecimientos como los eclipses inducen cambios fisiológicos y de comportamiento característicos.
El nuevo análisis cuestiona prácticamente todas las conclusiones
El artículo de revisión publicado posteriormente no discute los registros eléctricos obtenidos durante el experimento. Lo que pone en duda es la interpretación que se hizo de ellos.
Los autores recuerdan que las respuestas anticipatorias en plantas existen y están bien documentadas. Muchas especies pueden prepararse para futuras situaciones cuando disponen de señales ambientales fiables, como cambios en la calidad de la luz, la humedad del suelo o determinados compuestos químicos emitidos por otras plantas. Sin embargo, insisten en que para hablar de una auténtica anticipación deben cumplirse varias condiciones: que exista una señal previa fiable, que el evento tenga relevancia para la supervivencia y que responder antes aporte una ventaja adaptativa clara.
Y ahí es donde, según los autores, el eclipse estudiado no supera el examen.
En el lugar donde crecían los árboles analizados, la ocultación del Sol fue relativamente modesta. El trabajo calcula que la reducción media de la luz disponible fue únicamente del 10,5 % durante unas dos horas. Además, la intensidad luminosa siguió situándose por encima del nivel necesario para saturar la fotosíntesis de estos abetos, por lo que el eclipse difícilmente habría supuesto un desafío fisiológico importante para ellos.
En otras palabras, si el eclipse apenas alteró el funcionamiento normal del bosque, resulta complicado explicar por qué la evolución habría favorecido un mecanismo tan sofisticado para anticiparlo.
¿Y si la explicación estaba en el tiempo?
Uno de los argumentos más sólidos del nuevo estudio aparece cuando los investigadores revisan las condiciones meteorológicas registradas durante las horas previas al eclipse.
La noche anterior se produjo un acusado descenso de la temperatura acompañado por precipitaciones. Pero eso no fue todo. Los autores incorporaron además datos de la red internacional de detección de rayos y descubrieron que precisamente durante ese intervalo de unas 14 horas se concentró un importante episodio de actividad eléctrica atmosférica cerca del bosque.
En un radio de 200 kilómetros se registraron 664 descargas eléctricas entre el 22 y el 25 de octubre de 2022. De ellas, 20 ocurrieron a menos de 45 kilómetros del lugar de estudio y 18 coincidieron exactamente con la ventana temporal previa al eclipse. Los tres rayos detectados a menos de 10 kilómetros también se produjeron durante ese mismo periodo.
Para los autores, esta coincidencia ofrece una explicación mucho más parsimoniosa del incremento de actividad bioeléctrica observado en los árboles. Las descargas atmosféricas generan campos electromagnéticos capaces de afectar a organismos vivos y podrían haber influido sobre los registros eléctricos obtenidos durante el experimento.
Además, proponen que los árboles de mayor tamaño actúan como mejores receptores de estos campos electromagnéticos, lo que explicaría por qué los ejemplares más viejos mostraban señales más intensas sin necesidad de asumir que recordaban eclipses anteriores.
Los árboles más antiguos mostraron un comportamiento anticipatorio más acusado, con un aumento temprano de la asimetría temporal y de la entropía.
El verdadero mensaje no trata sobre los eclipses
Más allá de quién tenga razón, ambos trabajos coinciden en un aspecto fundamental: la actividad eléctrica de las plantas representa un campo de investigación extremadamente prometedor.
El problema, subraya el artículo crítico, es que todavía no sabemos diferenciar con precisión qué parte de esas señales refleja procesos fisiológicos realmente adaptativos y cuál responde simplemente a perturbaciones ambientales o a fenómenos físicos sin significado biológico directo. Por eso insiste en que serán necesarios experimentos con muchas más réplicas, controles rigurosos y comparaciones entre múltiples eclipses, tormentas y otras condiciones ambientales antes de poder hablar de comportamientos anticipatorios.
Paradójicamente, la controversia puede terminar beneficiando a esta disciplina. En lugar de cerrar el debate, ha puesto sobre la mesa nuevas preguntas acerca de cómo se comunican los árboles, qué información contienen realmente sus señales eléctricas y hasta qué punto un bosque funciona como una comunidad coordinada.
La posibilidad de que los árboles intercambien información sigue siendo un área de enorme interés científico. Pero, al menos por ahora, las pruebas disponibles no permiten afirmar que sean capaces de prever la llegada de un eclipse solar. Lo que sí demuestran ambos estudios es que todavía estamos muy lejos de comprender todos los procesos que ocurren silenciosamente en el interior de un bosque.
